13 mayo 2011

43% DE PARO JUVENIL Y LOS JOVENES NO SE MUEVEN

El filósofo y periodista (colaborador de El País y la Cadena SER) Josep Ramoneda abordó ayer en el curso sobre Paz, conflictos y convivencia, organizado por la Cátedra Unesco de la UPNA, el tema de la conflictividad en la sociedad actual, "plural y desigual", como la define. El pensador, que también dirige el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, expuso ayer que la cultura de crisis se articula sobre una idea, "para mí terrible porque tiene consecuencias devastadoras, de que todo es posible". A partir de ahí se ha perdido la noción de límites y "cuando se pierden la historia dice que siempre viene el desastre y, muchas veces, el totalitarismo".

Todo es posible, añadió, porque el poder económico actúa sin límites. Empresas de capital-riesgo practican una especie de "destrucción creativa" a base de invertir dinero en las empresas, no con la intención de hacerlas rentables sino de sacarles el máximo dinero y luego venderlas, y "a la segunda o tercera venta las empresas desaparecen".

En política también se ha impuesto la idea de que está todo permitido, y la fecha que simboliza esa "pulsión sin límites" es 10 de agosto de 2002, momento en el que George Bush, presidente de Estados Unidos, patria de las libertades, "legaliza" el más "execrable de los crímenes de Estado que es la tortura". En el asesinato de Bin Laden en Pakistán y "sin llorar su pérdida", la solución como con cualquier criminal hubiera sido "detenerle y llevarle ante el tribunal de justicia y condenarle dentro de las reglas del Estado de Derecho".

LA SALIDA A LA CRISIS

Ramoneda cree que los signos no son muy esperanzadores. "Hubo un momento, recordó, en el que los gobiernos occidentales decidieron intervenir algunos de sus bancos y había una expectativa de que se "imponían unas reglas del juego", aunque resultara "irritable tener que salvar los disparates de unos responsables financieros con dinero público". Pero esto duró muy poco, y la salida a la crisis la están dictando "los mismos que la provocaron".

Una crisis que ha agudizado a su vez la cultura de la "indiferencia" la cual fundamenta en cuatro patas. En primer lugar, la apatía política que hace que la gente se desentienda de la política. En segundo lugar, la desjerarquización, el todo es igual y no se sabe muy bien qué es o no relevante, teniendo los medios de comunicación una responsabilidad muy alta. Está además la idea instalada de que el cambio social no es posible, "que no tiene sentido ni siquiera intentarlo porque, además, las leyes de la economía son las que mandan". Finalmente entra en juego la "indiferencia" hacia el otro.

El desequilibrio de poderes, añade, se ha agravado en plena crisis por la disfunción que supone el hecho de que el poder económico esté globalizado, mientras que el poder político sigue siendo nacional y local, "o se adapta o lo hunden". A su juicio, hay que avanzar hacia estructuras supranacionales de poder político.

Sin embargo, Europa en lugar de mantenerse unida ante esta crisis, ante las ofensivas de los mercados, "lo que ha hecho es fragmentarse en una especie de 'sálvase quién pueda', que podría acabar mal...". Pone como ejemplo que se haya impuesto a Grecia unos planes de intervenir "absolutamente imposibles de cumplir", y las mismas exigencias ahora con Portugal.

Este clima de malestar que no acaba de romper, es un caldo de cultivo para la extrema derecha en Europa. Nuestra sociedad vive un momento de malestar social profundo pero que no se expresa... "Aquí, en la crisis de los años ochenta hubo una agitación importantísima, aparecieron quinquis, una mezcla de delincuencia, paro, droga... Ahora, en cambio, hay una atonía absoluta, hay un 43% de paro juvenil y los jóvenes no se mueven.

Es alarmante que en la situación en la que se está no pase nada...", indica. Y la única manera de entenderlo es que "hemos sido mucho peores padres que hijos, y hemos convertido a los hijos en una suerte de especie protegida a la que, como no sabemos cómo proteger, la mantenemos", asevera. A su juicio, no hay posibilidad de afrontar la conflictividad del mundo sin una idea común de "condición humana y de humanidad compartida". "Hay una fractura técnica muy grande, y suficientes razones como para pensar que Nietzsche podía tener razón y podríamos estar viendo convivir al último hombre y el superhombre".

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